"Cuando voy a dormir cierro los ojos y sueño con el color de un país florecido para mí." Canción del jardinero, María Elena Walsh
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martes, 22 de noviembre de 2011

Cuarto de Prosa - La Catapulta de los hermanos Wright

El comisario Sanfor reingresa a la sala, enciende el cigarrillo y se desploma sobre su asiento. Deja escapar una bocanada espesa de humo e inclina el cuerpo hacia adelante.

- A ver, Montero, si me volvés a explicar todo este asuntito pero más despacio, así logro entender.
- ¿Desde el principio?
- No, ahorrame eso de los saltos cuando eran jóvenes, empezá desde el momento en que vos caés golpeando la tabla y Benítez despega.

Alejandro Montero, hombre de circo, carraspea. Omite contar, en esta segunda declaración, que hace veintiocho años conoció a César Benítez. El día que se vieron en aquella escuela infantil brincaron, sin mediar palabra o acuerdo alguno, dejando de lado cualquier otra expresión de amistad, como quien firma un pacto de honor. Cada recuerdo que tiene de la niñez está relacionado con saltar, ese fue el único verbo conjugado.

Al comienzo no intuyeron que podrían ganarse el pan haciendo acrobacias, y seguramente cuando descubrieron la posibilidad de ser famosos, no fue por mérito propio sino gracias a ella, que les abrió los ojos y partió el corazón a uno: Montero. Fue mucho antes de conocerla cuando disfrutaban de saltar pequeñas tarimas y tapias de vecinos -cayendo a veces sobre flores o almácigos-. En vez de aplausos, sus piruetas eran recibidas con gritos y enojos. Por esas primeras acrobacias Benítez guardaba una condecoración en su pantorrilla derecha. Fue, según contaba, en el frío atardecer de julio; Lotreta, un quintero del barrio, había plantado en sus tierras tomates y cebollas. Vio, a Montero y Benítez, saltar la pared frontal y sin dudarlo les soltó el doberman. Dos cuadras los corrió aquel perro enfurecido, hasta que le clavó a César los dientes. Cuarenta inyecciones aplicadas y quinientas advertencias paternas fue el resultado.

Montero y Benítez no podían vivir sin saltar, o sí podían, pero no querían, lo llevaban en la sangre. La historia de nombrarse como hermanos comenzó en plena adolescencia, cuando se inscribieron para el concurso de talentos realizado en el pueblo vecino. Tenían una rutina precaria que incluía cajones de madera y trampolines; el sincronismo de los movimientos era verdaderamente original. Siempre contaban que en esa oportunidad ganaron el segundo premio, aunque en verdad lograron el tercer lugar. Primero resultó un guitarrista de jazz tan bueno como Dyango Reinhardt, seguido por una bailarina clásica.

Al momento de completar el formulario para inscribirse en la competencia de talentos, observaron que debían poner un título a su disciplina. Tal vez fue el humor de Benítez o el ingenio de Montero, pero lo cierto es que anotaron en la ficha “Los hermanos Brader, saltan”. Nunca más volvieron a presentarse sin esa filiación, aunque el apellido fue cambiando: Mc Fly, Pérez, Lombardi, hasta estas jornadas, cuando llevaban el unificador Wright.

Durante la participación en el concurso los visitó Lisandro Lopetegui, descubridor de talentos y estrellas –cuyas revelaciones artísticas apenas llegaron a espectáculos de poca monta–, quien los acercó al Circo Chicago. Según Montero, estuvieron de gira por las provincias de Córdoba y San Luis como los Mc Fly; Benítez solía dar otro dato pero ahora es imposible comprobar. Cansados de compartir camarín con el hombre lanzafuego y una domadora de tigres, abandonaron la compañía para pasar a formar parte de circos como Bergalli y el Hispano. En éste último la conocieron.

Durante esos meses ellos eran los Lombardi, saltaban con trampolines, barriles y fardos. En el tiempo libre debían colaborar en tareas circenses, así se trabaja en esas pequeñas compañías artísticas. Montero ya tenía en mente la catapulta. Ella era trapecista, pero también controlaba las entradas y en los intermedios vendía gaseosas. Los ojos brillantes y una sonrisa delicada enamoraron a los Lombardi. Si permanecieron en aquella trouppe por más de dos años no fue por palear bosta de elefante o alimentar tigres aburridos y mucho menos por el éxito.
Antes de salirse del circo, Montero había diseñado los primeros planos para construir la catapulta y junto a Benítez comenzaron a soñar nuevas acrobacias. Ella los alentó, estaba convencida de que necesitaban un show original; con el tiempo armarían su propia compañía circense, o montarían una escuela de acróbatas al mejor estilo de Moscú o China. Por las noches, mientras los tres repasaban los dibujos de Montero hacían cálculos sobre la fuerza de empuje, el despegue, la inclinación de cada cuerpo; multiplicaban cien veces aceleración por masa ilusionados con viajar a Europa; deslumbrar París, Roma, ser envidiados por los mejores circos; dejar boquiabierta a la Reina de Inglaterra. Era Benítez el que bromeaba sobre ofrecer a su Majestad los secretos de la catapulta a cambio de las Islas Malvinas.

En la primera declaración ante Sanfor, Montero aclaró que nunca viajaron a Europa.
- ¿Y qué carajos importa? –respondió molesto el comisario. Alejandro sintió la necesidad de responder “A mí, a mí me importa, era mi sueño” pero calló – Decime cómo lo mataste y listo.

Sanfor no prestó atención a los detalles sobre la catapulta y los cálculos erróneos, el comisario se sintió frustrado por tantos datos. Montero recordó que Benítez se había sentido así una vez, dijo que estaba abrumado por tantos datos incomprensibles y pidió ese mismo día poner en marcha el engendro de tablas y engranajes. Montero sabía que los cálculos estaban incompletos pero la ansiedad por hacer los saltos pudo más. Armaron tarimas y la red debía ubicarse a espaldas de Alejandro para la cabriola final.
En un extremo, Benítez parado sobre el subibaja, brazos abiertos, concentración total. En el otro, Montero, vista fija en la tabla levantada. Silencio. Alejandro flexionó las rodillas. César aguardó impaciente. Luego todo es un recuerdo de segundos, el salto, el impacto, Benítez vuela por el aire y baja con los pies firmes, brazos desplegados para producir el despegue de Montero. Uno y otro impulsándose. Risas, nervios. Llegó el turno del impacto final para que Benítez inclinara el cuerpo y saliera lanzado hacia la malla. Alejandro tenía razón, el ángulo inicial de la elipse estaba mal calculado. Benítez le erró a la red por un metro. La ambulancia lo llevó al hospital Municipal acompañado por ella. Montero guardó los implementos y llegado al centro de salud recibió el parte médico: “Muñeca fracturada y ligeras escoriaciones en la frente”. Nada grave.
Lo serio fue al ingresar a la habitación y ver a Benítez besarse con ella.
En esa parte del primer interrogatorio, Sanfor lo interrumpió:

- ¿Lo mataste porque se quedó con ella, verdad?

Aquel accidente demoró el perfeccionamiento de la catapulta. Benítez nunca recriminó por lo sucedido y Montero nada dijo sobre haber perdido chances en el amor. Sin embargo, poco volvió a ser como era.
Una mañana ella dijo que existía la posibilidad de viajar a Sicilia para presentar el nuevo show, y a la tarde la oportunidad se esfumó. Otro día ella habló de un contrato millonario y tampoco sucedió. Benítez le lanzaba besos a escondidas, Montero les desconfiaba, ella inventaba universos.
Alejandro nunca la odió, aunque, sin decirlo, siempre cuestionó que hubiera elegido al candidato equivocado.

- Bueno, dale. Desde el salto, ya sé que la red estaba atrás tuyo, así que despacio.
- La gente había pagado la entrada para ver el show al aire libre porque no podíamos hacerlo en carpa, dado que…
- ¡Mierda, Montero, desde el salto, no me importa nada de lo otro! –grita Sanfor.
- Habíamos calculado que la elevación para el salto final era de 10 metros, eso permitiría caer justo sobre el centro de la red. Era imprescindible que él se auto-impulsara al momento…

- Basta de todo eso ¿Dónde está tu amigo?

- Ya le dije, salté y él se elevó pero no inclinó bien el cuerpo y siguió subiendo hasta que desapareció en el cielo.
El comisario aplasta el cigarrillo contra el cenicero, observa al sargento Reyes que está junto a la puerta.
- ¿Sargento, dónde está ella?
Primero responde Montero, con un murmullo.
- Como siempre, en el lugar equivocado.

Sanfor lanza una mirada de furia y oye a Reyes.
- Afuera, mi comisario. En el patio, parada, mirando el cielo. Hace horas que está así.

No había denuncia contra Montero, ni cadáver, y pocos motivos para detenerlo. Sanfor estaba por demás irritado.
- Escuchame, Monterito. Te me vas ahora, pero cuidado. Cuando ese hombre caiga del cielo, estará muerto y yo sabré quién es el asesino.
Montero levanta la vista, fija los ojos en la figura sudada del comisario y con serenidad responde.
- Usted lo dijo comisario, cuando ese hombre caiga, antes no.

®

Ruma.

Del libro: Cuentos sín rumbo.

8 comentarios:

  1. La flauta!! Eso eran catapultas!!

    Me encanta.

    Un abrazo.

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  2. he quedado sorprendido,
    muy entretenido relato
    saludos

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  3. muy bueno!!!! gran relato... lleno de tensión y misterio... original... ah... q me ha encantau!!! salud amigos, un gusto!

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  4. Me gustó bastante. Muy ameno y bien llevado.

    Saludos cordiales.

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  5. Excelente relato, el maravilloso cuando la magia aparece de repente en un suceso específico de la historia, que se va construyendo fantásticamente a base de datos casi al estilo de una crónica... me encanta como escriben ustedes, en serio.

    Y es tremendo pensar el vacío del asesino, que después de todo (de ese crimen que algún día caerá del cielo) la mujer que de alguna manera fue el motivo que él construyó para cometer el crimen está absorta mirando al cielo, con ojos de catapulta.

    Un fuerte abrazo desde el frutillar.

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  6. Excelente chicos! Un gusto leerlo, realmente. Saludos!

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  7. Ando paseando. Me gustó esa foto que titularon "los cuatro elementos" y quería comentarles, y de paso para que sepan que pasé por acá-.

    Saludos

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  8. genial!!!! me encanto eso de que el tipo no cayo del cielo muy original la idea
    felicitaciones!!!!

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Para Jeve y Ruma

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Rodolfo Piay
http://visionesdeojosabiertos.blogspot.com/
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