"Cuando voy a dormir cierro los ojos y sueño con el color de un país florecido para mí." Canción del jardinero, María Elena Walsh
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martes 14 de febrero de 2012

Cuarto de Prosa - Los dientes de mi gato.

Conseguir la droga resulta más sencillo que obtener el diario, en especial cuando uno tiene los billetes exactos. En algún momento tuve tres distribuidores, a un par de ellos le compraba con mayor frecuencia. A Stéfano, el tercero en cuestión, recurrí pocas veces y algunas semanas antes de lo sucedido con Nicolás había dejado de tener trato. El problema con Stéfano no era sólo que la cocaína ofrecida no siempre era de buena calidad, además, estaba alejado de la ciudad y nunca me ha gustado viajar. De hecho, mi editor se encarga de evitarme cualquier gira literaria, las presentaciones se hacen en mi ciudad al igual que las entrevistas, aunque en el último año preferí no tener encuentros periodísticos.

         He logrado simplificar mi vida a un mínimo de verbos: escribir, beber, drogarme, dormir (poco, adjetivo aplicado a este último), putas (no es verbo, pero es más elegante que coger), comer, acariciar a John Wayne -mi gato- y esperar el cheque para seguir el ruedo verbal.

         Nunca sabré si el maldito editor, Edgardo, se queda con más de lo que corresponde pero en tal caso, si sucede, resulta justo. Edgardo ha sabido ocultarle al mundo varios de mis problemas, como aquel día cuando la puta se instaló en mi departamento.

         Lupe, se llamaba, o Carla, da igual. Suelo, además de perder la noción del tiempo, no recordar los nombres. (Desde esa época duermo con la botella de JB o Johny  junto a la cama. Al despertar sediento extiendo la mano buscando la botella para guiarla a mi boca. A veces me siento en la cama, pongo un poco de whisky en el agua de John Wayne y me levanto a escribir). Aquella puta durmió en mi cuarto e hizo su trabajo por no sé cuánto tiempo. Le pagué. Pidió más. Le volví a dar dinero. Sentado frente a mi cuaderno de escritura podía oírla en la ducha. Salió. Se hizo un café. La escuché decir que era un bonito lugar y no se iría.

-Necesitás una mujer capaz de ordenar un poco y limpiar.

En verdad, una vez por semana viene una colombiana silenciosa, pagada por mi editor con el dinero que me roba, cuya misión es poner derecho lo que John Wayne y yo ponemos patas para arriba.

Lupe o Carla, no recuerdo si dije que dudo sobre su nombre, estaba dispuesta a instalarse. Llamé a Edgardo.

-O las sacás de acá o la mato. –dije.

Minutos después Edgardo llamó y pidió que me ausentara del departamento por un par de horas. Tomé a John Wayne y nos fuimos. Al regresar alguien se había encargado de todo el asunto. John Wayne ronroneó y se echó en su rincón favorito. A él tampoco le agradan las compañías. En esos días compartíamos aquel sentimiento, el gusto por el wisky y nada más.

La presentación del libro “La mierda viaja en avión” fue organizada en el Teatro de las Sombras, a veinte cuadras del departamento. Aquella noche mi amigo Nicolás murió y no por sobredosis.

Dije al inicio que tenía tres dealers pero el tal Stéfano no era de confianza. Nicolás le compró coca traída vía Holanda. La droga estaba cortada con xilocaína y vidrio molido. Al pobre Nico (y a otros varios) lo destrozó por dentro. Desconozco quién se encargó de Stéfano pero dos semanas después lo encontraron flotando en el río, con la punta de los dedos cubiertas de vidrios astillados.

Fuimos pocos al entierro de Nico, no me interesó saber cuántos asistieron al de Stéfano. Al regreso del funeral John Wayne estaba con los ojos tristes. Esa noche le di su primera línea de coca.

-Ahora sí somos más que compañeros, somos hermanos –dije.

Desde ese día, cuando preparo mis líneas de cocaína reservo una para él. Lo veo pasarse la lengua por los bigotes lamiendo hasta lo último. A veces se revuelca sobre el lomo o corre alrededor de la mesa. Indefectiblemente termina mordiendo las patas de las sillas, fue así como se rompió los dientes. En momentos de depresión me siento a su lado a leer cuentos y poemas de grandes escritores. Hasta hace algunas noches intercalaba en la lectura relatos míos. He dejado de hacerlo, vi a John Wayne con un lápiz y una hoja en blanco. Por ahora sólo parece hacer garabatos, pero quién sabe, tal vez logre escribir, robar un texto mío, vendérselo a mi editor, hacerse famoso mientras yo empiezo a perseguir sombras, ruedo sobre mi espalda, muerdo las patas de la mesa y me quedo sin dientes.®  


Ruma




lunes 6 de febrero de 2012

Cuarto de Prosa - Dux

Una de las primeras imágenes eróticas que recuerdo fue la de mi hermana pintándose las uñas. Lo hacía los sábados, a la hora de la siesta. Tomaba el pincel con dos dedos -los otros tres elevados con exageración- y lo pasaba lleno de esmalte sobre las uñas con una suavidad y seguridad que parecía -si son así de suaves y seguras- una princesa. Ahora no le veo nada de erótico a eso, pero en aquel entonces me hacía unas raras cosquillas mirar el pincel jugando sobre la uña indefensa. Esperaba los sábados a la hora de la siesta y me sentaba a su lado con cualquier excusa. Ella me dejaba, no creo que haya sabido de mi vicio dactilar. Un sábado de verano yo estaba mirando con éxtasis el pincel y apenas me di cuenta de que me habló. No sé si el pincel o mi hermana. ¿Querés que te pinte? Preguntó. Mi cabeza apenas fue de arriba abajo, estiré los brazos, palmas sobre la mesa. Nos van a matar a los dos dijo entre carcajadas (si me mataban junto con ella no me importaba nada, era mi ángel, mi diosa, la mujer más hermosa del mundo que con 16 años me llevaba nada más y nada menos que 10. Y aclaro esto porque con el tiempo nos fuimos llevando menos, hasta quedar casi parejos). Me había dado a elegir un color, elegí el “Rojo Dux”, no lo olvido porque, además del rojo furibundo, Dux me sonó a elegante, a varonil. Cuando terminó abrí bien los dedos y los moví en el aire, igual que tantas veces le había visto hacer. Después soplé las uñas una por una. Estaba chocho, para qué lo voy a negar, me miraba las manos girar como si tuvieran vida, seguridad y suavidad de princesa. El idilio entre las uñas pintadas de Rojo Dux y yo duró hasta que llegó mi padre.
Después de ese día varias veces pensé si el infarto que le dio al año siguiente  fue por el disgusto.
-¡¿Qué le hiciste?! –Los gritos fueron para la diosa, que frunció la boca con desdén.
-¡Marta! –Los gritos fueron para mamá, quien desde algún lugar respondió que no sabía de qué hablaba y que si había llegado con tal mal humor se fuera y volviera a entrar, como si con el simple acto de pisar nuevamente el umbral el humor se cambiara, pensé.
Los gritos no encontraron respuesta en nadie. Entonces fue mi turno.
-¡¿Vos no sabés que los hombres con las uñas pintadas son de maricón, sos maricón vos?! –dijo enlazando tres frases, porque mi padre era así de económico. Tenía la cara tan colorada que no miento si digo que por las venas le corría el esmalte.
Yo no sabía lo que era un “maricón”, pero, a juzgar por la desesperación de este hombre, debería ser una mezcla de horrores. Mi cabeza apenas fue de un lado al otro mientras mis ojos se metían dentro de los suyos y detrás de la bronca lo único que vieron fue miedo. Si yo hubiese sido maricón tampoco se lo habría dicho en ese momento, él estaba demasiado asustado.
La diosa sacó el esmalte pero me dejó pintada la uña del meñique derecho. Te ponés una Curita y listo, si te pregunta le decís que te cortaste. Después, cuando te canses, si yo no estoy te sacás el esmalte con los dientes.
-¿Le tengo que mentir a papá que me corté?
-¡Claro! –contestó sabedora como buena diosa y mejor consejera.
Esa noche no esperé y me saqué el esmalte con los dientes. Me dio asco. ¿Los maricones utilizarían quitaesmalte o se lo sacarían así, a dentelladas?

Por suerte, la visión paternal de los “maricones monstruosos” se fue diluyendo sin ningún inconveniente a medida que crecí y, como dije, con el tiempo, la brecha generacional entre mi hermana y yo. Sigue siendo mi diosa, pero de forma distinta. Ahora que tenemos la misma edad solemos disfrutar de las buenas charlas acompañadas con mate, mientras ella ceba yo escribo esto. Sos un mentiroso, me dice y ríe alcanzándome uno. Sus uñas largas están pintadas de rojo muy parecido al Dux. ®


Jeve

viernes 13 de enero de 2012

Cerrado por vacaciones :)


Jeve y Ruma se van de vacaciones!!!!! :)))))

Queridos compañeros de letras, nos vemos en febrero, que estén bien, un abrazo y hasta la vuelta.

J&R

martes 10 de enero de 2012

Cuarto de Prosa - De la vieja escuela Freudiana

La calle Obere Augartentrabe bordea con elegancia el parque Augarten que, gracias a sus árboles, viste al segundo distrito vienés de ocres, verdes y rojizos. El psicólogo Otto Rank vive en una vieja casona de dos pisos cuya fachada hace honor al buen gusto de ese barrio. Otto ha acondicionado una de las habitaciones para recibir a sus pacientes y oficiar allí sus sesiones de terapia. Para la comodidad de su ocasionales visitantes fue necesario proveer al lugar de un suntuoso mobiliario que incluye desde jarrones con años de peso sobre sus porcelanas, pasando por dos relojes pendulares, un escritorio de madera labrada allá por el 1900, tres amplias bibliotecas en las que descansan seis centenares de libros. También hay armarios donde se cobija la vajilla y una la imponente araña de cristal que deja caer la luz sin apuro. La ventana que da al parque de la ciudad está cubierta por pesados cortinados que cumplen la misión de dar al lugar características lúgubres. Sus pacientes se sienten cómodos, ya que el sitio se les presenta familiar: Otto es psicólogo de fantasmas. Siempre llegan a sus sesiones sin cita previa; la tarea no es sencilla, las jornadas de terapia se extienden en una amplitud de horarios capaces de extenuar a cualquiera.


Ha escuchado todo tipo de casos y, para resguardar la identidad, cada uno de ellos está prolijamente recopilado utilizando una letra en lugar del nombre tratado. Algunos ejemplos son: el fantasma O, que vive aterrorizado por la oscuridad o el de los hermanos Q, que son cleptómanos (a los cuales decidió dejar de tratar, pues que con la excusa de su enfermedad le birlaron a Otto lapiceras, fotos y casi desmantelaron el estudio). Abundan los casos de fantasmas que niegan asumirse como tales, y también de quienes viven con terror al mundo.

Dos casos han atrapado la curiosidad de Rank. El primero es el de una dama fantasma, la señorita L. Lleva media década asistiendo a terapia. L siente una atracción descontrolada por los hombres de carne y hueso. Suele sentarse en los bares para seducir a gentiles y no tanto caballeros. Pero La relación no superará el mero trato verbal, a pesar de su deseo por el contacto físico. No es histeria, es un serio problema fantasmal que culmina complicando a los hombres. Es posible que muchas de las chicas que coquetean con cualquiera de nosotros no sean sino el fantasma de la señorita L.

Rank no lo sabe, pero el expediente L. está vinculado con el registro de R. Según la señorita L., en los últimos meses ha trabado una relación sumamente extraña con un hombre que muestra nulo interés en el sexo. La conexión con el caso R. es sencilla: R sufre de neurosis obsesiva, la gravedad de la misma ha forzado a que asista a sesiones en forma diaria. El paciente sostiene que donde él vive habita un hombre que le hace la vida imposible. Si R. pone un plato sobre la mesa, el individuo lo saca y coloca en el armario. Cuando R. enciende la estufa el individuo la apaga y abre las ventanas. R. sostiene que cuando este hombre llegó, él ya estaba instalado desde hacía años. “Doctor, me odia –manifiesta el fantasma- Por las noches pone música a todo volumen o hace ruido para asustarme”.

El hecho es que hombre y fantasma salen todos los días desconociendo cada uno el destino del otro. R. cumple con su visita al consultorio de Rank. El hombre va hasta un bar lejano donde habla, sin saberlo, con un fantasma del cual está enamorado y al que no se anima a invitarle a pasar las horas en su departamento, temeroso de que en el momento de mayor efusividad se enciendan las luces.

Toda esta carga laboral está ocasionando a Otto un importante nivel de stress, a punto de adoptar las extrañas costumbres de sus pacientes. Suele ingresar de improvisto a cualquier tipo de reunión, se esconde en los armarios, saliendo de ellos a los gritos. Por el momento no se arriesga consultar con algún colega, no descarta que le encuentren alguna neurosis y eso sería catastrófico. Pero hay algo que lo aterroriza más todavía, y es lo diagnostiquen como un fantasma.



®

Ruma

martes 3 de enero de 2012

Cuarto de poesía -Hermandad


Lo sé,
cuando sea mi turno
vendrás
-como la vez primera-
a exhalar llamaradas
de estímulo profano
y me alzarás en vilo.
-Desde allí arriba la mirada
Tendrá otras dimensiones-.

Lo sabes,
cuando llegue el día
que te augura rocas tempestades
vo dejaré mi fuego,
transmutaré
en miles de libélulas
portadoras de antorchas,
en pétalos que alivien
cada uno de tus pasos.
-Si esto no fuera suficiente
extenderé las alas-.

Ambos sabemos:
ahora es conveniente
parecer algo débiles,
pensar a lo humano,
disfrazar el vuelo.

Después,
cuando el caos haya mermado
y veamos a lo lejos
nuestro cielo,
el sol se esconderá discreto
y volveremos, por fin,
a ser dragones.®


Jeve

jueves 22 de diciembre de 2011

Te invitamos a escribir tus deseos :)



*
Éste
Es un árbol
De deseos navideños,
Aquí Palabras Como Nubes tiene
Varios que quiere compartir con ustedes:
Que el viento sople a tu favor siempre, que los
Mares que atravieses tengan orillas lejanas pero no
Inalcanzables y que las olas no te ahoguen con su furia.
Que recibas amor más que agradecimiento, amistad más que
compañerismo, buenos días más que buenas noches, buena suerte.
Deseamos que te esfuerces en lo que creés posible, que lo imposible sólo
 sea una palabra más en el diccionario. Que inviertas tu tiempo en momentos tranquilos. Que te ilusiones y alguien te contenga cuando necesites Que seas VOS.
Felices
Fiestas
Felices
Fiestas
Felices
Fiestas
Felices
Fiestas
Gracias por acompañarnos en este 2011


 Jeve y Ruma

martes 13 de diciembre de 2011

Cuarto de Prosa - Arroz

Desde los dos años de edad, Fernando Palotti aprendió los secretos de la pintura. Su capacidad para el dibujo y el manejo de la textura con los pinceles podrían haberlo llevado muy lejos, pero la cruda realidad económica por la que atravesó su vida lo hizo casi un desertor del arte popular. Condenado a limitar la cantidad óleo y sin dinero para comprar paños donde estampar sus sentimientos, se vio obligado a perfeccionarse en una rama tan desconocida como dificultosa: el “Miniaturismo”. El Sr. Palotti había logrado la habilidad de pintar sobre granos de arroz réplicas de conocidísimas obras. Los Girasoles, de Van Gogh; El Circo de la Vida, de Seraut eran parte de sus creaciones. Su último trabajo, la réplica de “La última cena”, fue premonitorio. Sumido en la miseria absoluta, su mujer -por ignorancia o puro despecho- tomó todos los granos de arroz pintados, guardados en un tarro en la alacena, y los hizo parte de un guiso. Palotti se dio cuenta de lo sucedido cuando vio flotando en su plato el rostro de La Mona Lisa, manchado de tuco; miró a su esposa y sintió que para muchos el arte, cuando no llena el estómago, es una molestia. (R)

Ruma

Despensa

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Tesoro

Cuarto de Regalos

Para Jeve y Ruma

Para ti, que escribres...

Broten las palabras de tu espíritu al papel

y dejen huella

de tal modo que permanezcan vivas, eternas en la roca testimonio de tu luz

y fuego en la luz de las estrellas.

Rodolfo Piay
http://visionesdeojosabiertos.blogspot.com/
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