"Cuando voy a dormir cierro los ojos y sueño con el color de un país florecido para mí." Canción del jardinero, María Elena Walsh
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martes, 13 de abril de 2010

Cuarto de Prosa -Lo escondido

Y eso fue todo.

Primero un murmullo –como el retorcer de tripas cuando hay hambre- se abrió paso desde adentro. Luego la luz, escapando oblicua. Por último el chorro de fuego.
No hubo nada que lo anunciara, ni huída de pájaros, movimiento del suelo, esa sensación de vacío, de tiempo suspendido que predice los momentos donde lo olvidable pasa a ser lo único que no se olvida. Tampoco hubo lástima, disculpas, ni siquiera desconcierto, aunque quizá sí.
Augusto encendió el cigarrillo que lo relajaba cuando los silencios le resultaban incómodos y se sentó sobre una piedra. Ernesto sólo miraba las llamas saliendo del hueco.
Mucho antes habían sido amigos, enemigos, amigos otra vez. Cosas de la vida. Ahora ninguno sabía lo que eran. Si yo pudiera dar una opinión, diría que se convirtieron en un mal imprescindible para el otro, la cuerda que los mantenía aferrados al bote en medio de propias tempestades. Los años traen sus consecuencias y ellos no estuvieron exentos.
Cuando Augusto conoció a Ernesto escasamente superaba el metro de altura, pasaba sus tardes en el potrero, tenía las rodillas rasguñadas por trepar los paredones vecinos buscando pelotas perdidas, y bigotes con chocolate.
Ernesto, del otro lado de ese paredón, no lucía muy diferente.
-Mirá –dijo al alcanzarle la pelota-, se llenó de baba del diablo.
Augusto lo miró con cara de hermano mayor:
-Qué baba, es una telaraña.
Y desde ese día fueron dos insignificancias más, juntas, dentro del mismo paisaje suburbano.
La adolescencia les cayó encima sin misericordia, con su séquito de muertes queridas, caos variados y otros deleites. Los potreros se fueron llenando de cemento, las voces se volvieron graves, las hormonas enloquecieron cada momento de soledad, los exámenes quedaron para marzo y Elena eligió a Ernesto porque era más divertido, aunque Augusto fuera quien le daba esa sensación de amparo tan necesaria. Ernesto quería dinero, Augusto soñaba con una casa donde hubiera agua caliente y una chaqueta blanca que llevara bordada en el bolsillo la palabra médico.
Sí, de sueños también se vive un rato, poco; el resto es sentir murmullos como ruido de tripas y, estaqueado al lugar, esperar el chorro de fuego.
Años de sociedad, vaivenes económicos, negocios que los hicieron tan poderosos como para después contar los centavos del viaje en colectivo, nada que no le haya sucedido a cualquiera alguna vez. Augusto remando el bote agujereado, Ernesto embraveciendo las aguas, Elena y su admiración, la mirada insaciable, siempre lejos y a veces tan cerca. Todo en su justa medida.
Ya no quedaba potrero que no estuviera hasta el cielo de cemento, el póker de ases llegaba cuando había escalera real y todo compartido, desde el mate hasta las vacaciones, y fotos, fiestas, dinero, miseria y quién sabe cuánto más; el absurdo positivismo de Augusto, la tranquilidad con que aparentaba sobrellevar su mala o buena suerte y esa sonrisa constante –constante-, fastidiosa que Elena gustaba tanto festejar. Augusto y el aura de diablo santificado que bebía cerveza bendita y comía canapés de hostias.
Dicen: “Cuando dos personas son enredadas por la misma tela de araña permanecen unidas”. Es inevitable, la tela resulta superior al más fuerte de los sentimientos. Por eso, ni lástima ni disculpas, todo estuvo sabido desde el principio.
El tiempo no se les vino encima como la adolescencia, los arrastró despacio, les arrancó el pelo, los dientes, les ablandó los huesos, les llenó de huellas la piel. Elena ya se había ido hacía al menos dos décadas (o murió, no es lo importante), la mueca permanente desapareció y el odio se volvió un rencor tan manso que era casi cariño, o costumbre en el mejor de los casos.

Unos días después de la noticia decidieron hacer una caminata. Ninguno sabía muy bien por qué pero allí estaban, con paso lento por el sendero donde las ramas amenazaban igual que los mosquitos. Augusto delante de Ernesto –como siempre-.
Quizá el mismo Ernesto lo dijo, pero no puedo asegurarlo. Fue un susurro, una dignificación del sentir que les había hecho compañía todos esos años.
-¿Cuánto tiempo…?
-Poco.
-Sos un hijo de puta.
-Somos.
Siguieron caminando.
-¿Ves ese hoyo? –Augusto señaló un hormiguero abandonado- Si por aquí saliera una llamarada del mismo infierno, ni eso nos asombraría ahora.
La vida te muestra cinco, pide cuatro a cambio y como es muy buena jugadora se lleva hasta lo que escondés, te deja peor que al encontrarte, sin potrero siquiera.

Ernesto miró el hueco y estuvo de acuerdo.®



Jeve

9 comentarios:

  1. imprimo, lo llevo conmigo, paso y comento, esto es muy groso!

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  2. Muy buen texto. Jeve no es sorpresa: escribes muy bien.

    mariarosa

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  3. Jeve, un relato de un hilado muy fino, sutil. Me ha gustado como empieza (la metáfora del crepitar del fuego, magnífica), que adquiere un significado pleno al final, cerrando el círculo. Amigos-enemigos que se van a extrañar.

    Saludos.

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  4. Jeve, has escrito un excelente relato que resume toda una vida en algo más de dos líneas. Éxitos, fracasos, pujas sentimentales, frustraciones... la condición humana.
    Te felicito, con entusiasmo.

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  5. Está muy bueno, Jeve. La vida en muy pocas líneas.

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  6. Ya conocía este escrito de otro tiempo y de otro lugar.
    Sigo angustiándome cuando lo leo, sigo intuyendo interpretaciones insospechadas. Sigo creyendo que hay algo más que se me escapa de su contenido.
    Sigue pareciéndome excelente.

    Yo

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  7. Impecable, fuerte, conmovedor, como siempre placer!!!

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  8. pase a releer, grandioso!...palabras de Borges:No hay un instante que no pueda ser el cráter del Infierno. ...

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Despensa

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Cuarto de Regalos

Para Jeve y Ruma

Para ti, que escribres...

Broten las palabras de tu espíritu al papel

y dejen huella

de tal modo que permanezcan vivas, eternas en la roca testimonio de tu luz

y fuego en la luz de las estrellas.

Rodolfo Piay
http://visionesdeojosabiertos.blogspot.com/
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