"Cuando voy a dormir cierro los ojos y sueño con el color de un país florecido para mí." Canción del jardinero, María Elena Walsh
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miércoles, 16 de marzo de 2011

Cuarto de Prosa - El breve viaje de Pascual Indarte


            Hoy, como cada mañana, Pascual Indarte busca las monedas necesarias para comprar el boleto del tren. Procura siempre, para no incomodar al boletero, abonar con cambio justo. El hombre de rostro regordete y ojos cansados que atiende en  la estación jamás le ha negado el vuelto, pero Pascual sabe los esfuerzos que el ferroviario hace en busca de monedas. Lo ha visto en las tardes calurosas recorrer el pueblo buscando canjear billetes, realiza la tarea en su hora de almuerzo, único momento en que la boletería está cerrada.

            Pascual no sabe el nombre del regordete a pesar de que cada mañana intercambian siempre el mismo diálogo.

-¿Hasta dónde?
-Aguas Claras – dice Pascual.
-Uno con treinta y cinco.
-Acá tiene. ¿Y, alguna novedad?
-Nada, todo igual.

            Pascual admira la amabilidad de aquel hombre que nunca se muestra malhumorado. Atiende a quien sea con una leve sonrisa, a Indarte se le ocurre melancólica. A veces se forma fila de diez o doce pasajeros ansiosos por adquirir el boleto, caminar los 25,2 metros de andén y ascender a los vagones.

            Esa estación, Paraje Azul, es antigua. Techos de tejas rojizas, oficinas de madera y vidrio. El único responsable del sitio es el hombre regordete. No sólo es boletero, también jefe de estación, guarda de tren, bombero y encargado de marcar la salida y llegada del convoy.

            Años atrás, cuando Pascual era niño y los durmientes no coleccionaban pasto, había más empleados ferroviarios. Incluso funcionaba un pequeño bar, sin mesas, que servía bebidas calientes o frías en la barra. A veces Pascual duda si fue allí o en otro lado donde Fernández, el viejo chapucero, contaba las historias de viajes a Oriente. Fue en ese bar, de la mano de su padre, donde Pascual por primera vez oyó el relato del vagón desaparecido en la niebla que, al decir popular, aparece en cualquier vía cada cinco años, con pasajeros vueltos cadáveres acomodados en los asientos.

            Es verdad que eran otros años, en los que cualquiera podía perder el tren y quedarse sin viajar, varado en el mismo andén de hoy.  En esos tiempos los perros descansaban más preocupados por bostezar y espantar moscas que en brindar compañía. También es cierto que en aquella época el tren funcionaba, ahora lleva 35 años detenido en esa estación, esperando pasajeros que suben cada día y sin moverse bajan para encaminarse a la tarea.  Tanto años de inacción quizá haya confundido a los hombres que junto a Pascual parecen cumplir un rito.

            Esta quietud hace que todo esté más organizado. La paciencia del hombre regordete que a diario realiza la señal incumplida de avanzar, logra que nadie pierda el servicio. Una vez que se anuncia la partida no hay quien se anime a subir al tren inmóvil. Cada uno escoge siempre el mismo asiento. Esto no es agradable para Pascual, desde hace 35 años le  toca sentarse junto a un hombre flaco, poco afecto a la higiene. Ninguno de los dos se habla, suelen saludarse con una inclinación de cabezas. Pascual preferiría sentarse dos asientos más allá, donde se ubica la chica rubia de bucles a la que  apenas puede verle la nuca. Tampoco ha hablado con la muchacha, al bajar Indarte busca con ansia la mirada de esa mujer y no aparta la vista mientras él se aleja caminando y ella mantiene la cabeza apoyada en la ventanilla.  La muchacha viaja hasta la siguiente estación; jamás a Pascual se le ha ocurrido prolongar el recorrido y bajarse junto a ella.

            Pero es hoy, Pascual llegó a la estación y, como siempre, está buscando las monedas exactas. El diálogo es  calcado.

-¿Hasta dónde?
-Aguas Claras – dice Pascual
-Uno con treinta y cinco.
-Acá tiene. ¿Y…? – Esta vez Indarte no termina de completar la pregunta, el regordete, en voz baja, arremete:
-Se movió 5 centímetros hacía adelante.
-¿Sí? – inquiere Pascual abriendo los ojos. El boletero mueve la cabeza afirmando, extiende el boleto y desea un buen viaje.

Ruma

             ®

7 comentarios:

  1. rutina, quietud, misterio... una crónica donde la ficción viaja en un tren detenido... salud Ruma! un gusto.

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  2. Que buen relato.

    Se lee de un tiròn.

    La màgica y misteriosa rutina.

    Un abrazo.

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  3. Me ha gustado mucho, qué bueno, qué bien los has escrito.

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  4. Como siempre un gusto leerte, el misterio algo de mi preferencia.
    Saludito
    Cris//mujeresdesincuentay

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  5. ¡Que lindo!!

    Un final dibujado en la imaginación del autor, para regalo de los lectores. Muy bueno.

    mariarosa

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  6. Muy buena idea y un acierto el final sugerido.

    Saludos.

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  7. Me refleja los pueblos donde el tren ya no pasa más y dejó de lado las vidas. Muy bueno

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Cuarto de Regalos

Para Jeve y Ruma

Para ti, que escribres...

Broten las palabras de tu espíritu al papel

y dejen huella

de tal modo que permanezcan vivas, eternas en la roca testimonio de tu luz

y fuego en la luz de las estrellas.

Rodolfo Piay
http://visionesdeojosabiertos.blogspot.com/
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