"Cuando voy a dormir cierro los ojos y sueño con el color de un país florecido para mí." Canción del jardinero, María Elena Walsh
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viernes, 13 de mayo de 2011

Cuarto de Prosa - Como las moscas

El primer cadáver apareció por la mañana, boca abajo sobre la arena. No tardaron demasiado en llegar las moscas, de hecho lo hicieron mucho antes que los gestos humanitarios.

Cuando los veraneantes más tempraneros se acomodaron bajo las sombrillas el cuerpo ya estaba hinchado. Se acercaron a él dos hombres mayores luciendo sombreros de paja, gafas para el sol y remeras floreadas que hacían poco juego con los pantalones de baño. El muerto carecía de elegancia, no sólo porque la muerte tiene esa capacidad para robarse el estilo, sino porque viniera de donde fuera, la miseria no lo había soltado.

-No es un ahogado de eso que practican surf – dijo uno de los hombres, el más obeso. Su voz sonaba nasal.

El otro tenía una piel blanca como la espuma de mar y un bigote ridículo.

-Tiene una sola sandalia – dio por respuesta – y esa camisa es un trapo inmundo.

El obeso se acercó un par de pasos hacia el cadáver, se puso en cuclillas buscando observar algún detalle mientras se tapaba la nariz con un pañuelo.

-Parece llevar mucho tiempo en el agua aunque los peces casi no lo han tocado– se incorporó y miró hacia el horizonte, guardó el pañuelo en el bolsillo y arrastrando los pies volvió hasta su compañero – Este negro no cayó al agua vivo – murmuró.

Ambos hombres volvieron a la zona de carpas. Las moscas eran cada vez más verdes e irrespetuosas, se detenían por largos segundos en la piel para picarla. Algunas se amontonaban en el oído degustando un manjar amarillo que se derramada por el pabellón. El mar las dejaba trabajar tranquilas, había traído aquel cadáver a la playa y, tal vez espantado por su obra, se replegó buscando la tarea más compleja, ocultarse.

Las moscas no sabían (ni lo sabrán nunca) de la vida de aquel hombre, estaban desinteresadas de cualquier historia que aquel muerto sobre la playa pudiera arrastrar. Les daba igual comer al hombre que había perdido esposa e hijo por el hambre u otro cuya opulencia lo hubiera arrojado a la aguas, ebrio del mejor champán.

Cuando el joven de remera celeste y cabello rubio enrulado se acercó, un zumbido se apoderó del lugar. Alteradas, las moscas chocaban entre sí, no resignadas al abandono de la presa. Era de ellas, la habían tomado como propiedad y no veían motivos para dejarla. El muchacho rodeó el cadáver, el sol caía a pleno y el hedor había vuelto irrespirable el aire en ese sector de la playa. Cada vez que soplaba el viento, el aroma se esparcía varios metros a la redonda pero sin llegar a la zona de carpas. El joven buscó una posición cercana al muerto y llamó a una chica.

-Raquel, Raquel – levantó la mano e hizo una seña – Vení, traé la cámara de fotos, apurate.

La chica bronceada se acercó, pero tan pronto olfateó el aire nauseabundo se detuvo.

-¿Qué querés? – gritó y se tapó la nariz con una mano.
-Sacame una foto con este negro.
-Ni loca me acerco.
-Sacala desde ahí. Después digo que la tomamos en África durante una cacería – dijo el muchacho y rió.

Puso un pie sobre la espalda del muerto, sintió cómo se hundía en la carne fofa (las moscas, dejos de asustarse, fueron sobre la pierna invasora, pero aquella carne no era tan tierna), se cruzó de brazos y ofreció a la cámara un gesto bravo.

-Listo – sentenció la chica y comenzó a alejarse del lugar.

El muchacho volvió a rodear el cadáver, se había alejado algunos pasos cuando tuvo una arcada. Se dobló en dos. La chica giró y al verlo así gritó:

-¿Estás bien?

El joven levantó la mano derecha, se recompuso y trotó hacia ella. La abrazó por la cintura y mientras caminaba observó en la máquina de fotos la imagen capturada. Debió gustarle a juzgar por los gestos.

A las moscas no le quedaba mucho tiempo para el manjar, quizá, con tantos miles de ojos advirtieron la llegada del policía, los dos hombres que portaban camilla, otro individuo fumando y el regordete que se acercara en un principio, pero no comprendieron que eso era el final. Desde las carpas varios se pusieron de pie para ver la escena, algunos utilizaron larga vistas y otros pocos se acercaron al lugar, más curiosos que comprometidos en colaborar. La comitiva se detuvo cerca del muerto.

-Inspector, creo que se trata de un ahogado, alguien ebrio que…. – arriesgó el policía, pero el del cigarrillo lo interrumpió.
-Oficial, deje que los expertos trabajen. Mantenga lejos a los intrusos.

El hombre obeso comentó:

-Inspector, con mis años de médico forense, insisto en lo que le dije durante la charla telefónica.
-En la medida que mueren en el viaje, los arrojan al mar – mumuró el inspector.

Los jóvenes con la camilla se colocaron máscaras de protección y guantes, también se pusieron anteojos especiales y cerraron las cabezas con capuchas.

El hombre del cigarro dio una larga pitada mientras miraba hacia el océano. No había nubes en el cielo, sería un día perfecto para ese verano europeo.

-¿Lo preocupa el muerto? – preguntó el obeso.
-No, doctor, los cientos que llegan vivos.
®
Ruma

8 comentarios:

  1. Por alguna razón preocupan los que llegan vivos, puede ser por racismo en el caso del cuento, O quizás por la competencia de mano de obra barata.

    buen cierre.

    Saludos.

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  2. los que llegan vivos...., esos si que son preocupantes. Muy buena reflexión la de ese hombre.... Como siempre grato placer. Nana

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  3. Holis , holis , es cierto , el problema son los vivos....Todos !
    Buen finde
    Cris//mujeresdesincuentay

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  4. Lo jodido es que no se den cuenta de por qué siguen llegando. O se dan cuenta y no dan brazo a torcer.

    Abrazo

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  5. ¡Impresionante!
    La falta de solidaridad el racismo y la estupidez humana, excelentemente relatados en este cuento.

    ¡Aplausos!

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  6. 'como las moscas'..Si, a veces no hay mucha diferencia entre las moscas y los humanos.
    Te confieso que si no fuera por el final, donde nos ubicaste dentro del contexto: situacion, lugar etc, me imagine una playita de Punta del Este, Carilo o algun balneario top de por alla, donde el muerto fuera cualquier morocho como por ejemplo yo, del conurbano sur o cualquier lugar que no sea un country! En fin..
    Abrazos, y tremendo el texto, deja los pelos de punta.

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  7. Como siempre, tu relato no puede dejar indiferente.
    Muy acertada esa metáfora de las moscas como insectos, y los humanos que se acercan igualmente al cadáver. Ambos para saciar su hambre, aunque en el segundo caso , hambre de racismo. Hasta las moscas son más tolerantes con el color de la piel humana...
    Sin lugar a dudas, no solo es olor nauseabundo procede del cadáver...
    Delicado problema el que traes a tu texto, y dolorosamente actual cuando llega a las costas españolas.

    Un texto magnífico.
    Un abrazo.

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  8. Muy bueno el relato.. sostiene el interès del lector hasta el ùltimo pàrrafo y deja pensando, que no es poco..!!
    Un placer volver a visitarlos. Un abrazo,
    Graciela

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Rodolfo Piay
http://visionesdeojosabiertos.blogspot.com/
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