"Cuando voy a dormir cierro los ojos y sueño con el color de un país florecido para mí." Canción del jardinero, María Elena Walsh
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miércoles, 29 de junio de 2011

Cuarto de Prosa - Tamara

El uniforme le queda perfecto, “pintado” hubiera dicho la abuela. Tal vez la pollera es un poco justa, pero en verdad nunca pudo “controlar” las caderas, igual no le importa. Sabe de las miradas que no le pierden movimiento cuando recorre los pasillos del hospital.


A cada llamado acude con la bandeja de medicamentos, luciendo siempre una amabilidad que la distingue del resto. Sin embargo hay un cuarto al que asiste sin necesidad de ser convocada, lo hace feliz. Es el número 54, cuarto en el pasillo del lado este. No siempre le toca en los turnos, sin embargo todas saben que ella se encarga de aquel paciente. La puerta del 54 sólo se mueve cuando entran las enfermeras o los doctores, desde que ella está en ese piso, hace más de cuatro años, nadie ha visitado a ese muchacho que yace inconsciente.

Al término de la jornada cuelga el uniforme blanco, deja de lado el nombre Alejandra, se suelta el pelo, camina por el corredor e ingresa al 54. Pone algo de música, descorre las cortinas, se sienta junto al muchacho y le habla. De él apenas sabe que se llama Eduardo, que nació hace 28 años y nada más. Ignora si la escucha, ella no le cuenta mentiras, por una vez en la vida puede decir cuanto quiere y ser sincera. Los martes le acerca un libro de poemas de Benedetti o Gioconda Beli y lee en voz alta. Los jueves es día de cuentos, los sábados aprovecha para mirar juntos alguna película de la trasnoche.

Lo peina, lo afeita, lo perfuma. No sabe si todo esto es del agrado de él,. Hace un par de días le trajo fotos de cuando era Tamara y hasta algunas de cuando ella era Germán. En ambos casos, en ambos tiempos, ella no soñaba con este presente, siempre ansió enamorarse de verdad, tanto como lo está ahora. Jamás creyó encontrar su amor en un muchacho postrado en el hospital municipal.

- El día que me fui de casa, te conté que ya no me hablaba con los viejos, ¿te acordás?, empecé a llamarme Tamara. Conseguí un trabajo de camarera en un bar del bajo. No era mucha plata pero las propinas alcanzaban a mejorar mi vida – acomoda las flores – Te traje rosas. ¿Te gustan? Puse algo de blues, si no te agrada lo saco.

A veces entra una enfermera para colocar un analgésico, otras pasa la mucama e higieniza los pisos. Le ha preguntado más de una vez al doctor si Eduardo tiene alguna mejoría, si es posible que algún día él… La respuesta siempre ha sido la misma. Ella no es una chica de miedos, se hace fuerte, traga saliva y vuelve al cuarto.

- ¡Mirá esta foto! ¡Qué locura! Ves, ahí estoy con el uniforme azul que te contaba la otra vez. No se ve muy bien pero sobre la pierna izquierda estaba dibujado el rayo en amarillo y rojo. Si, ya sé, parece de cuero ¿no? No daba para gastar tanta plata, era una especie de hule o algo así. Me marcaba todo, y cuando te digo todo es que tenía que cuidarme de que no se viera aquello de Germán.

Tamara, por años fue parte del grupo de cuatro motociclistas conocidos como los Motosfor. Hacían acrobacias sobre ruedas y ella era la encargada de realizar el trabajo más riesgoso en el globo de la muerte.

- Imaginate. Yo era una lady pero siempre me habían gustado los fierros. La primer moto me la compré usada. Si, con el laburo del bar. Ahorraba, nene, qué te pensás. En esa época usaba las uñas así largas, acá me las tengo que cortar porque sino rompo los guantes. Caminaba enfundada en azul, moviendo el cuerpo, sensual. Las tribunas deliraban. Subía a la moto, me calzaba el casco, levantaba el pulgar y comenzaba a buscar velocidad dentro de ese globo enrejado. ¿Te dije que necesitaba mantener velocidad constante? ¡Si, qué pava! Te lo debo haber contado cien veces. Era genial escuchar el ruido de las cubiertas sobre el metal. Resultaba similar al sonido de cuando enganchabas un globo inflado a los rayos de la bicicleta. Sí, era parecido a eso pero diez veces más fuerte, y sumale la adrenalina. Un mal cálculo y no contaba el cuento. ¿Qué te vuelva a contar cuando se dieron cuenta de que yo no era una chica? No, dejate de embromar, es graciosa, pero duele.

Los días soleados con el permiso de los doctores toma una silla de rueda y lleva a Eduardo hasta los jardines del hospital. Pasean, le muestra el mundo, le habla de colores de aromas. Jamás lo ha besado en la boca y no se siente tonta por eso. Espera al día en el que él abra los ojos para poder hacerlo. Mientras tanto pasa noches enteras durmiendo en el cuarto, arrebujada en un sillón incómodo, despertando con las articulaciones doloridas. Un pequeño mundo donde ella, por fin se siente entera y él pelea en silencio por no dejarla sola.
Durante el turno, cuando se enciende alguna luz de alarma y ve a los médicos corriendo con el equipo de resucitación, ruega que no sea para el 54. Le ha confesado ese temor a Eduardo, han pasado tantas cosas sin estar juntos no quiere que algo malo suceda cuando ella no este a su lado.

Cada noche le toma las manos, apoya en ellas las mejillas y se queda silenciosa esperando que mañana no sea un día más. O sí.

®
Ruma

9 comentarios:

  1. Es emotivo.

    Germàn tamara Alejandra ha construido su propio mundo.

    Un abrazo.

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  2. Buen relato.

    Quedé un poco confundida con lo de Germán. ¿Doble identidad?

    Saludos cordiales.

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  3. Un mundo propio , donde el mañana tal vez no sea un día mas ! me gustó.
    Saludito
    Cris//mujeresdesincuentay

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  4. Que no se viera lo de Germán. Lo demás lo expone todo.....su vida entera. Abrazo Ruma.

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  5. Cuanto amor el de Tamara o German o lo que sea. Es un corazón valiente y generoso, que espera un nuevo sol.
    Hermosa historia.

    mariarosa

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  6. Siempre tan complicadas las relaciones, siempre tan complicadas las personas, tan lejanas e inentendibles...

    Saludos

    J.

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  7. muchas gracias por vuestro comentario, es muy halagdor saber que estan de este ¿otro? lado.
    Un abrazo

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  8. Es cierto. Quizá no convenga que despierte.

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  9. Agregar una estructura posible a la realidad es tarea difícil. Pero éstos textos están sacados de la honda cotidianeidad; de la realidad más inmediata. El final es esperanzador y por ser ficción todo es posible, pudiendo acabar en buen término. El problema es que, sabiendo que la realidad es más cabrona, haya una muerte tan inesperada como en la Marianela de Galdós. Saludos Ruma.

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Cuarto de Regalos

Para Jeve y Ruma

Para ti, que escribres...

Broten las palabras de tu espíritu al papel

y dejen huella

de tal modo que permanezcan vivas, eternas en la roca testimonio de tu luz

y fuego en la luz de las estrellas.

Rodolfo Piay
http://visionesdeojosabiertos.blogspot.com/
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