"Cuando voy a dormir cierro los ojos y sueño con el color de un país florecido para mí." Canción del jardinero, María Elena Walsh
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miércoles, 6 de julio de 2011

Cuarto de Prosa- Nadie muere en los Peuqueles

En el desierto pampeano Los Peuqueles se vislumbra como un espejismo. Quienes transitan por ahí –muy pocos- lo descubren porque de pronto las cabras aparecen y cuando ven un auto suelen abalanzarse sobre él, creo que se suicidan de pura emoción. Así como aparecen las cabras lo hacen las diez viviendas –una más, una menos, quizá-. No figura en los mapas. Un lugar tan olvidado que ni el diario llega.
Lo más visible es el cementerio: anunciado por un cartel de hierro que pendula sin tregua y un portón de entrada. Está circunscripto por alambres. Ninguna tumba, un terreno vacío que espera…

A poca distancia del caserío tuve un desperfecto en el auto. Mientras trataba de solucionarlo, igual que las cabras y las casas, apareció el viejo. Le pregunté por un local donde vendieran repuestos pero respondió que no había. Aquí no hay nada, dijo. En ese momento, con más preocupación por solucionar el problema del vehículo que intenciones de socializar, no presté más atención a sus palabras que la necesaria.
El viejo se sentó en el pavimento, “no tengo apuro”; yo sobre el motor, procurando reparar con lo poco que tenía a mano. No sé cuánto tiempo pasó, me había olvidado de él, al levantar la vista todavía estaba allí, sentado, tranquilo.
Maldije, se me estaba haciendo tarde.
-No se preocupe, la única que no espera es la muerte.
Me reí, su frase fue una brisa alegre pese a lo trágica que era en verdad.
-A ustedes parece esperarlos, no vi ni una tumba en el cementerio.
-Y, tal vez sea por las aguas… -Supuse que pensaba en voz alta, su mirada apuntaba al horizonte, no a mí.
Efraín –sesenta años, bombacha con alforzas, pañuelo al cuello, boina y voz suave- susurró pidiéndole permiso a la tarde y contó sobre cómo los indios sabían del poder vivificador del lago.
-Pero los indios ya no están… -Concluyó otra vez mirando hacia la nada.
-Buen cuento –dije. El motor carraspeó al encenderlo.
-¿Quiere verlo?
Cómo perderme una fuente de futuras historias.
-Si me lleva…
-Sígame, es cerca, deje el auto acá, nadie se lo llevará –me guiñó un ojo-, las cabras se ocupan de eso.
Cuando llegamos al lago, tanta fue mi sorpresa que quedé sin habla. Si pudiera explicarlo de manera simple les diría que es una playa caribeña. Ahí, en medio de la pampa mediterránea. Recordé vagamente haber leído hace muchos años sobre los indios y su lago de la vida eterna.
La noche había caído cuando regresamos hasta el auto. Algunas cabras estaban echadas alrededor. Me despedí de Efraín prometiéndole que a mi vuelta del viaje pasaría para que, si tenía ganas, me contara un poco más. Le dije que era escritora y que cualquier dato me serviría. Él sentenció con una sonrisa:
-Usted bien sabe que una leyenda es sólo eso. No deberíamos confiar tanto en los ojos, ven lo que quieren ver.
Hizo un gesto a las cabras, que lo siguieron mansas.
Quilómetros y quilómetros de matorrales circulan a Los Peuqueles; continué por ese hilo recto y adormecedor que es la ruta.
El regreso lo hice de día. No encontré el caserío, tampoco el lago. Lo único manifiesto de que no soñé con el lugar fue el portón de entrada al cementerio. Ni el cartel estaba.®

Jeve 

11 comentarios:

  1. Nadie muere en los Peuqueles pero muchos deben soñar. Un beso.

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  2. Mmmm ¡Qué miedo! He sabido de varias historias parecidas, nunca las he creído pero la verdad, no hay que creer ni dejar de creer.

    Besos.

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  3. Escalofriante, pero entretenido.

    Buen relato.



    Un abrazo.

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  4. envolvente... calmadamente misterioso... un gusto leerte, amiga. saludos!!

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  5. Muy bueno Jeve. Ni siquiera una botellita de agua te trajiste?

    Toda literatura fantastica me gusta, pero este tiene ese misterio de la Pampa y las leyendas indias, que lo hace excelente.

    mariarosa

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  6. jojo, con el Efraín... Bien contado, Jeve. Esos lugares tienen inspiran este tipo de historias y tienen sus leyendas, que son impresioanntes. Me divirtió el relato y me gustó el descenlace.

    Un beso

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  7. Que loco, un cementerio para no enterrar a nadie

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  8. El caserío existe, doy fe. Lo encontré una vez, tomando un desvío de tierra en la 33. Pero pasé de largo sin mojarme en esas aguas. ¿Quién quiere vivir en el aburrimiento eterno, compartido con las cabras? ;)

    Muy buen relato.

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  9. Retomando a Malena: ¿y qué de esas cabras, posiblemente milenarias? Buen cuento.

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  10. Este texto se me figura más como crónica. Así lo siento, por el manejo de los detalles. Al principio sentí una atmosfera rulfiana, pero me equivoco- quizá no tanto- por el tema de la muerte- quizá mucho- por el espacio viviente y no devastado como los de Comala, por ejemplo. Saludos Jeve.

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Cuarto de Regalos

Para Jeve y Ruma

Para ti, que escribres...

Broten las palabras de tu espíritu al papel

y dejen huella

de tal modo que permanezcan vivas, eternas en la roca testimonio de tu luz

y fuego en la luz de las estrellas.

Rodolfo Piay
http://visionesdeojosabiertos.blogspot.com/
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