"Cuando voy a dormir cierro los ojos y sueño con el color de un país florecido para mí." Canción del jardinero, María Elena Walsh
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martes, 3 de agosto de 2010

Cuarto con ventana al mar...-Bajo el limonero



Aquel verano la Segunda Guerra Mundial ya había estallado pero Villa Gesell estaba tan lejos de París como ellas de la muerte y el horror. En esa casona Alba y Etelvina preparaban el lugar para la obra de teatro. Los muebles comenzaban a ser corridos cuando la puerta del cuarto de abuelo Mario –que les prestaba- se abría. Disponían los sillones y sillas en semicírculo, colgaban viejas sábanas como telón y le pedían a Pía, la mucama, que tuviera lista la jarra con limón y azúcar.

 A veces participaban algunas actrices amigas como Gisel o Clara, pero las artistas invitadas sólo actuaban de sirvienta o ama de llaves, un papel con poco parlamento. Alba, de doce años, era la encargada de armar los guiones. Dedicaba los domingos a husmear en la biblioteca familiar, mientras la radio contaba los partidos de fútbol. Entre goles y gritos de euforia desfilaban Chejov, Poe, Quiroga. El lunes por la mañana estaba listo el guión. La compañía de actores se reunía bajo el limonero del jardín. Alba repartía los personajes a Etelvina, dos años menor,  y al primo Julio, de siete. Costaba mucho convencer a Julio para que compusiera su personaje, inevitablemente modificaba los diálogos o usaba una escoba como caballo muy a pesar de que el acto sucediera en la sala de un hospital, o elegía abrir los brazos y volar como avión mientras interpretaba el cruce de los Andes.

Julio vivía las obras esperando el momento para besar a las chicas en la boca; ellas buscaban a mamá Leonor para quejarse del comportamiento del primo. Luego era el tiempo de la misa dominical, esperar en el confesionario, rosario en mano, a que la ventanilla se abriera y el padre Rodolfo asomara para oír los pecados.
         
-¡Miren, mis pisadas tienen luces!
Julio, esa tarde, saltaba por la playa dejando sus huellas en la arena. A Alba estas palabras le parecieron inspiradoras para la próxima obra. No entendió más que eso.

Poco tiempo después debió confesar que Julio, al besarla otra vez en la boca, la había mordido hasta hacerle sangrar los labios. 
Las puestas en escena continuaron, pero no con tanta frecuencia, Julio estaba cada vez menos concentrado en sus personajes, se olvidaba las mínimas líneas y solía salir corriendo hacia la palaya, como endemoniado, en medio de la actuación.

Alba ahora recuerda el último acto de su primo, la Guerra había terminado y él, blandiendo una cuchilla robada de la cocina, las persiguió. Etelvina cayó sobre la arena y sólo el grito de tía Julieta impidió que Julio le hundiera la hoja a su imaginaria enemiga. Etelvina ya no quiso volver a jugar, las obras se convirtieron en un monólogo latoso y Alba sintió cómo sus diecisiete años bramaban por escapar de ese lugar escondido de la realidad, abandonado al tiempo y la fantasía.
Julio las dejó sin explicación alguna, tía Julieta se lo llevó quién sabe adónde y pese a las miles de preguntas jamás obtuvieron respuesta, sólo pudieron escuchar murmullos entre los adultos y ver lágrimas y rostros consternados.

Todo cambió. De repente, quizá. O tomó un tiempo, no es capaz de precisarlo.

Alba tiene veinte años, ¿Ya hace tres años de la Guerra, verdad? ¿Hubo una guerra? Asomada a la ventana de su habitación puede distinguir pisadas luminosas en la playa ¿Serán de Etelvina? ¿De ella? Por las dudas se traga el grito. Si se enteran los adultos correrá la misma suerte que Julio. La angustia no saber si son verdad esas paredes blancas y el parque sin fin, si fue a visitarlo alguna vez o lo imaginó.
“El mal de la familia” escuchó a tía Julieta hablando con su madre la tarde en que Julio no volvió. Alba está segura de que también lo tiene. Mejor callar, nadie debe enterarse. Hasta cuándo podrá guardar el secreto. Julio aparece en la playa dejando sus pisadas de luces y la besa en la boca hasta hacerla sangrar. Bajo el limonero, Etelvina tiene diez años y está repasando sus diálogos para la próxima actuación.  Quiroga es un espectador, Chejov, sentado sobre una roca, escribe. Los ve, los sabe allí. Alba solloza. Su guerra ha comenzado.®
 



Jeve y Ruma

9 comentarios:

  1. Me encantò tu Limonero , si hasta dan ganas de tener uno . Muy bello.
    Saludito
    Cris//mujeresdesincuentay

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  2. Mientras escribo, miro la mano con piedras bajo la sombra de la suerte apostada a no existir cuando uno se juega la vida en cada palabra y viceversa. Mientras escribo, las voces de mis hijos me hablan en idiomas recién aprendidos por Viktor, mientras Vicky juega a ser la maestra y apuesta todo en ello. Mientras escribo te imagino escribiendo, mirando por la ventana, abriendo los ojos y cerrándolos para captar otra imagen.

    y tus huellas dejan luces en mi mañana.....

    (gracias)

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  3. Para variar, me encantó el relato. Ustedes saben escribir y eso se disfruta.

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  4. Muy buena historia. Ese mal de familia que bien narrado, todo el cuento es una joyita.
    Un cariño.

    mariarosa

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  5. La locura.
    Quienes se han asomado dicen no querer volver.
    Otros se han instalado con resignación.
    Alba parece tener buena compañía.
    Quizá esté mejor allá. Lejos de la guerra. De la otra guerra

    Un abrazo

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  6. Hola jeve, hola Ruma, me he ecrcado para desearles un muy buen comienzo de semana.

    mariarosa.

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  7. Los besos sin sangre, no valen demasiado.

    Saluditos.

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  8. La locura y sus ramas familiares siempre despiertan interes para todo escritor.

    Que dolor el de Alba, sabe y espera. Muy buen cuwnto.

    Alejandro

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  9. Buen relato, con ciertos atisbos fantásticos bien logrados.
    Saludos

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Cuarto de Regalos

Para Jeve y Ruma

Para ti, que escribres...

Broten las palabras de tu espíritu al papel

y dejen huella

de tal modo que permanezcan vivas, eternas en la roca testimonio de tu luz

y fuego en la luz de las estrellas.

Rodolfo Piay
http://visionesdeojosabiertos.blogspot.com/
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